Más brillantez tuvo la escena musical, en que aparte de los nacionales, figuras extranjeras como el castrato Farinelli y el compositor Luigi Boccherini, que llegó a identificarse lo suficiente con la ciudad como para producir la celebérrima Ritirata de Madrid.
El romanticismo madrileño del siglo XIX tiene en el madrileño Mariano José
de Larra su principal exponente. Su suicidio y entierro (con lectura de
epitafio por José Zorrilla incluida) sólo se entienden en el contexto y
ambiente que refleja a la perfección el Museo Romántico. Con autores como
Francisco Asenjo Barbieri, Federico Chueca y Tomás Bretón se desarrolla un
género dramático musical autóctono, de ambiente popular y costumbrista: la
zarzuela, de la que Madrid es capital mundial, especializándose en ella la
programación del Teatro de la Zarzuela o del Teatro Apolo. El ambiente
costumbrista madrileño también produjo comedias de mucho éxito de público,
como las del alicantino Carlos Arniches, que más que reflejar el habla
popular, la exageraba hasta un punto paródico que, curiosamente, terminó
siendo imitado por los hablantes reales.
Finalizado el siglo, el canario Galdós reflejará en sus
Episodios Nacionales muchos hechos ocurridos en Madrid, y en otras novelas
atrapará el ambiente de las distintas clases sociales (Fortunata y Jacinta,
Miau, Misericordia). Es el momento (1896) en que Alexandre Promio, un
camarógrafo de la empresa Lumière llega a Madrid y toma las primeras
películas, en que aparece la Puerta del Sol. A comienzos del siglo XX,
posiblemente sea el esperpento de Valle Inclán (Luces de Bohemia, un viaje
nocturno de un poeta ciego por un sórdido Madrid) el que mejor refleje la
realidad de la villa. En un célebre pasaje, se cita a los espejos
deformantes del callejón del Gato como inspiración de esa visión, que
también se ha comparado con la estética del pintor José Gutiérrez Solana o
la del Ramón Gómez de la Serna (tan famoso por su obra como por sus jugosa
tertulia en el Café Pombo). Un contraste literario sería la visión realista
de Pío Baroja en su trilogía La lucha por la vida (El árbol de la ciencia,
Mala hierba, Aurora roja) o la de Arturo Barea (La forja de un rebelde). La
generación de 1927 tuvo uno de sus lugares de reunión en la Residencia de
Estudiantes, donde pudieron entrar en contacto Federico García Lorca,
Salvador Dalí y Luis Buñuel. No es exagerado hablar de Edad de Plata. Pero
poco más tarde, los poetas que «ganara quien la ganase» perdieron la guerra,
estuvieron en los dos frentes, tocando «geográficamente» sufrir la represión
del bando republicano en Madrid a literatos como Enrique Jardiel Poncela o
Pedro Muñoz Seca (que fue fusilado); y cantar la resistencia del «Rompeolas
de las cincuenta provincias españolas» a Antonio Machado
rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, /
La «victoria» llevó al exilio (interior o exterior) a
buena parte de los supervivientes. En Madrid quedaron Vicente Aleixandre o
Gerardo Diego, según éste en una ciudad de «algo más de un millón de
cadáveres». Los entierros de José Ortega y Gasset y de Pío Baroja, cuyo
incómodo silencio difícilmente podía entenderse como justificación del
régimen franquista, fueron significativamente los dos actos culturales más
trascendentes de una época sombría. En el bando triunfador no veían las
cosas mucho más alegres, como demostró La colmena de Camilo José Cela o la
película Surcos, de José Antonio Nieves Conde, que denunciaba desde una
ideología falangista la corrupción que la ciudad ejercía sobre una familia
de emigrantes campesinos. La generación de los cincuenta insistió en los
tintes sombríos (La taberna fantástica de Alfonso Sastre, ambientada en el
Arroyo de Abroñigal, hoy M-30; El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio, que
narra el paso del tiempo de unos jóvenes madrileños que van a refrescarse a
las riberas de ese río; o Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, que
recorre Madrid entero, desde el Centro Superior de Investigaciones
Científicas, el Ateneo y las mansiones aristocráticas hasta los prostíbulos,
las verbenas populares y las chabolas). La cinematografía que retrata el
Madrid de la época contaba con productos de evasión de gran consumo, que
propagaban valores tradicionales con tintes más o menos edulcorados, como en
las películas de Rafael J. Salvia (Manolo, guardia urbano; Las chicas de la
Cruz Roja, La gran familia, ésta codirigida por Fernando Palacios). Otra de
mayor altura estética y compromiso social enmascarado en el humor negro
puede verse en Luis García Berlanga (Una pareja feliz, El verdugo), Edgar
Neville (Domingo de Carnaval y El último caballo) o Marco Ferreri (El pisito
y El cochecito). La escena madrileña, al mismo tiempo que recoge la última
época del género ínfimo (el cuplé y la revista musical, estrechamente
sometidos a censura ), representa las obras de tinte pesimista de Antonio
Buero Vallejo, desde Historia de una escalera (1949) y otras ambientadas en
Madrid (La detonación, en la época de Larra, Un soñador para un pueblo, en
la de Esquilache).
El color gris posiblemente no se despejó del ambiente
artístico hasta el estallido de la movida madrileña entre finales de los
setenta y comienzos de los ochenta. Las películas de Pedro Almodóvar y la
denominada nueva comedia madrileña (Fernando Colomo) reflejan un Madrid
definitivamente superador de el de Muerte de un ciclista de Juan Antonio
Bardem veinte años antes. A finales de los 80 y principios de los 90 los
estertores de la movida dejaron paso a una degradación urbana generalizada,
a causa del auge de la heroína, que se hizo sentir en Chueca (hoy barrio
gay, de precios prohibitivos), Villaverde, San Blas o Vallecas y poblados
marginales adyacentes. Algo de todo esto trasciende en la canción Pongamos
que hablo de Madrid de Joaquín Sabina o en las películas El día de la Bestia
(1995) y en clave de humor, Torrente (1998), dónde el concepto de caspa
—vocablo muy madrileño que designa algo en decadencia y rancio, ya sea
mentalidad, moda o ambiente— cobra pleno significado. La historia entera se
refleja en un minuto en ¡Mírala!, La Puerta de Alcalá cantada por Víctor
Manuel y Ana Belén.
